les -cuyo poder económico supera al de la mayoría de países del mundo-, 16 ya tienen su base en países no occidentales.
En el nuevo y gigantesco complejo industrial de Kalinga Nagar, en las profundidades de Orissa, Tata Group encontró un enclave óptimo: minas de carbón, ríos, mano de obra dispuesta a ser sobreexplotada y trenes y nuevas carreteras para sacar la producción. Sólo había un inconveniente. El territorio más adecuado estaba habitado por los pobres entre los pobres, los grupos tribales, con los intocables en la cola de la fila india. Aquel inconveniente no pudo solventarse como en otras ocasiones, desplazando sin más a la población afectada con promesas que jamás se cumplirían. Los grupos tribales que cultivaban los arrozales en los que hoy Tata están construyendo sus altos hornos decidieron no abandonar sus tierras a cambio de nada. Por ello el choque tribal-industrial, policía del Estado mediante, se saldó con unos efectos colaterales por industrialización de 16 tribales y un policía muertos en enfrentamientos durante enero de 2005. Hoy el terreno ya es de Tata, lo vimos con nuestros ojos, y los tribales suman más desplazados a los campesinos afectados por la construcción de megaproyectos como las represas de Terhi, del Narmanda, etc. (unos 60 millones estimados). El crecimiento de Tata ha sido brutal. ¿Y es bueno para el país? Para Tata, sí; para los administradores que lanzaron a la policía, también, pero para los tribales -muchos más en personas, mucho menos en PIB- definitivamente, no.












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